En cuanto a nuestras Fuerzas Armadas, habían sufrido a lo largo de estos años un fuerte desgaste humano y psicológico, con pérdida de material y merma en la propia confianza de sus hombres. Fueron revitalizadas con un equipamiento más moderno y manejable, así como con mejores pertrechos y, sobre todo, con nuevos cuerpos capaces para el choque directo, no ha mucho creados, y que prestarían un eficaz servicio en aquellos momentos. Nos estamos refiriendo a los Regulares y a La Legión, que se revelaría como una gran fuerza de vanguardia.
Una última cuestión a dilucidar por ambas partes, fue la forma de efectuar un golpe contundente y definitivo. Tras los distintos puntos de vista de los Estados Mayores respectivos, al final se impuso el proyecto de un desembarco en la bahía de Alhucemas con fuerzas anfibias y el apoyo de la aviación, que comprendería, aparte de las tropas españolas, un contingente francés. Dicho proyecto se debió personalmente a Primo de Rivera, a pesar de no contar, en principio, con el beneplácito del propio Pétain ni del Estado Mayor español ni, tampoco, con la mayoría de los generales, como el caso de Sanjurjo.
Llegados a este punto, tuvo que imponerse Primo de Rivera, consciente de que un fracaso en aquella operación hubiera supuesto un serio revés para su persona, tanto desde el punto de vista militar como político. José Calvo Sotelo, que sería su ministro de Hacienda en uno de sus gabinetes, al referirse a aquellos momentos, escribió que «ni en las alturas más encumbradas hubo ningún ambiente propicio para la aventura de Primo de Rivera».
El desembarco se inició el 8 de septiembre de 1925, participando 32 barcos de guerra españoles y 18 franceses, junto a un considerable número de vapores mercantes y barcazas blindadas. Las operaciones fueron supervisadas por el propio Primo de Rivera, como general en jefe, a bordo del acorazado ‘Alfonso XIII’ y, ante su sorpresa por el rápido avance inicial, envió el siguiente telegrama: «al enemigo ni se ve ni se oye».
Especial relevancia tuvo en estas operaciones el general de Infantería Leopoldo Saro, curtido desde años atrás en las campañas del Rif y hombre de la máxima confianza de Primo de Rivera. Una de las claves en el éxito fueron una serie de originales maniobras de distracción a base de simulacros de desembarco que desorientaron a los rifeños.


Especial mención, también, merecen las aeronaves que participaron cubriendo las playas, muy atentas al camino que llevaba a la posición de Axdir, punto neurálgico de Abdelkrim. Procedían de la Aviación Militar y de la Aeronáutica Naval a las que se unieron las de la Aeronautique Navale francesa. Su eficaz actuación propició que la Aviación se convirtiera en arma independiente a partir de 1926.
En definitiva, una operación militar innovadora y precisa, muy bien cubierta y elogiada por la prensa del momento, prácticamente el único medio de comunicación de masas, Aún así, dados los medios y las restricciones mediáticas, aquel suceso se cubrió con prontitud y eficacia por parte de unos periodistas que, por lo demás, seguían con bastante interés un tema tan sensible como era todo lo concerniente a Marruecos.
Téngase en cuenta labor comunicativa del Gobierno, donde no estaba exenta la censura y las notas de obligada inserción, aunque, en términos generales, esta circunstancia diera lugar a muchas contradicciones. Todo fueron alabanzas a «un proyecto cuidadosamente preparado con mucha antelación», así como a la colaboración de Francia.
Con todo, el indiscutible éxito de aquella operación le supuso a Primo de Rivera un alto grado de popularidad como «El Pacificador de Marruecos», incluso para muchos detractores suyos que, momentáneamente, pasaron por alto sus errores, cuando no abusos en su gestión política. Pero, a largo plazo, esta pasajera condescendencia hacia su persona resultaría un espejismo, máxime si tenemos en cuenta que cuando dio el golpe de Estado había insistido con especial énfasis que estaría al frente del Gobierno de España por muy poco tiempo.
No fue así, sino que decidió permanecer en el poder hasta su dimisión el 28 de enero de 1930, al no quedarle ningún soporte político ni, tampoco, el apoyo del Rey.
También, objeto de muchas especulaciones fue la pregunta que pronto surgió en el seno de la opinión pública española. Si en tan pocos meses se había llegado a un fructífero acuerdo con Francia, ¿por qué se había tardado tantos años en conseguirse y quienes, además, habían sido los máximos responsables de aquella impericia? De todas formas, dicha pregunta, que adquiría tintes de acusación, se hizo igualmente extensible no solo a España sino también a Francia, no faltando los correspondientes recelos y suspicacias que, sobre esta cuestión marroquí, ya se arrastraban de mucho antes respecto al país vecino.
En cuanto a AbdelKrim, decidió rendirse a las fuerzas francesas, seguro de que recibiría un trato mejor que si caía en manos españolas, a pesar de que con bastante insistencia, aunque vanamente, se pidió su entrega. Trasladado a la isla de La Reunión, el gobierno galo le asignó una considerable pensión de francos anuales para su manutención. En 1947, encontrándose en Port Said camino de Francia, solicitó el amparo del Rey Faruk de Egipto, que lo acogió como refugiado político. Murió en El Cairo en 1963, cuando ya era Nasser Presidente de aquel país.

Reportaje gráfico: Ejército de Tierra y el autor.



