El Desembarco de Alhucemas y la pacificación del Rif (parte I)

En recuerdo del Desembarco de Alhucemas que se conmemora esta semana en su centenario, publicamos el siguiente artículo que nos remite el Doctor en Historia y miembro de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz, José María García León, a quien agradecemos su predisposición para colaborar con #dss. En dos entregas, García León aportará luz sobre unos hechos históricos realmente interesantes de conocer y la presencia española en el norte de África en el siglo XX
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En 1898 España, tras una guerra desigual con los Estados Unidos de América, perdió los últimos territorios ultramarinos, Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Nuestra nación quedó, de pronto, sumida en una profunda crisis global, dentro de un ambiente fatalista, que ponía de relieve los fallos y deficiencias acumuladas de mucho antes y que nos relegaba a la triste categoría de una potencia menor dentro del concierto internacional.

Tal vez, quienes mejor supieron retratar esta coyuntura, fue un grupo de escritores que con sus críticas, a veces de gran crudeza, conformaron lo que se conoce como la Generación del 98.

Con el nuevo siglo XX y los intentos regeneracionistas de políticos como Silvela o Maura, surgió la posibilidad de recuperar algo de nuestro decaído prestigio con ocasión de la situación de Marruecos de cara a las potencias europeas, en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Los recelos mutuos entre Francia e Inglaterra, acrecentados por las inquietantes apetencias de Alemania en el continente africano, provocaron un replanteamiento de un área, tan sensible para todos, como el Estrecho de Gibraltar y la zona norte de Marruecos.

En consecuencia, por la Conferencia de Algeciras de 1906 y por lo que a España respecta, le fue asignada en régimen de Protectorado la franja septentrional de Marruecos, cuyo status así se mantendría hasta 1956, cuando este país consiguió su independencia.

Se trataba de una extensión alrededor de unos 22.800 Kilómetros cuadrados, árida y de escasos recursos, con capital en Tetuán. Las zonas del Rif y de la Yebala, de entrada, se erigieron en una fuente permanente de conflictos, como el del Barranco del Lobo en 1909, cerca de Melilla. Bien pronto, pues, la misión de España allí se rebeló más bien policiaca que colonizadora, habida cuenta de la pobreza de aquel territorio y lo conflictivo de sus cábilas, siempre desconfiadas, cuando no hostiles.

La situación no reportaba más ventajas que las puramente estratégicas, siendo mínimos los beneficios obtenidos con grandes dificultades para controlar aquel terreno donde, para colmo, en las sinuosidades del Rif ni siquiera se acataba la autoridad del propio Sultán.

Bien pronto, surgió la desafiante figura de un cadi de la tribu de los Beni Urriagel, Abdelkrim el Jattabi, un antiguo funcionario de nuestro Gobierno, educado a la española y que, por sus anteriores servicios prestados, había sido galardonado como Caballero de la Orden de Isabel la Católica y la Cruz Roja al Mérito Militar.

A partir de aquí, proclamado Presidente de la República Independiente del Rif, tuvo en continuo jaque a las autoridades españolas con un buen número de escaramuzas y enfrentamientos. Era un claro reto no sólo a España, sino al propio Sultán, que veía peligrar la unidad de Marruecos, siendo el punto de inflexión de aquellas hostilidades el llamado desastre de Annual de 1921, en el que 10.000 soldados, al mando de los generales Manuel Fernández Silvestre y Felipe Navarro, perecieron ante los ataques de las fuerzas de Abdelkrim.

La conmoción en España fue total, con graves reproches entre militares y políticos, lo que dio lugar a un profundo malestar entre la opinión pública y a continuas crisis ministeriales que desembocarían el 12 de septiembre de 1923 con el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera, Capitán General de Cataluña.

Contando con la resignación, más bien aquiescencia, de Alfonso XIII, suspendió las garantías constitucionales, dando paso a la Dictadura que lleva su nombre. Precisamente, una de las razones que más se esgrimieron para dicho golpe fue la cuestión marroquí, sobre las que no se vislumbraba una solución a corto plazo. Se imponía, por tanto, actuar pronto y bien para evitar lo que suponía un permanente desgaste para todos.

Curiosamente, Primo de Rivera nunca se mostró muy entusiasta con la presencia de España en Marruecos, llegando incluso en alguna ocasión a proponer un cambio entre Gibraltar y Ceuta. En consecuencia, la ejecución de su plan pasaba por tres supuestos básicos: la colaboración con Francia, la actualización respecto a la preparación y medios de las fuerzas actuantes, y la elección de un lugar certero donde atacar, dejando fuera inútiles y costosas operaciones marginales que no condujeran a nada efectivo.

De la colaboración con los franceses fue el propio Abdelkrim quien, en un error garrafal, brindó esta oportunidad a España, pues el 12 de abril de 1925 puso en marcha una fuerte ofensiva contra las líneas francesas, poniendo en graves apuros al mariscal Leautey, entonces máximo representante francés en Marruecos. Dicho mariscal, al que se consideraba algo desdeñoso con la presencia española en Marruecos, había realizado una meritoria tarea de pacificación, con especial atención a los problemas de la población y evitando, en la medida de lo posible, las disputas con los jefes locales.

Tras el desastre de Annual pidió más tropas de refuerzos y solicitó luego el relevo, siendo sustituido por el mariscal Petáin, héroe nacional tras la pasada Guerra Mundial y mucho más proclive a llegar a un entendimiento con España. Así pues, el 12 de julio se anunció el inicio de conversaciones formales entre España y Francia para buscar una solución militar que pusiese fin al conflicto, los llamados Acuerdos de Madrid, que incluirían una planificación de las futuras operaciones, aunque sin entrar en mayores detalles por razones obvias.

(Continuará)

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